Hemeroteca :: 08/10/2009
Editorial
En el anterior editorial propuse un “juego” para hacer juntos: Observar el cuadro de Escher “Ángeles y demonios” para ver qué nos sugería y cómo nos hacía sentir. Antes de nada, quiero agradecer todas vuestras respuestas a través de Twitter y de mi correo electrónico. La mayoría señaláis el contraste entre la calma y el bienestar que generan los ángeles frente a la incertidumbre de los demonios que nos acechan. Algunos de los comentarios lo comparan, incluso, con nuestra propia vida, de lo que la cuidamos o del riesgo a que la exponemos. Desde el blog de Circula Seguro hablan de inquietud y de serenidad en una misma esfera. Interesante interpretación. Para mí no existe una única respuesta. Me parece que la ilusión hace que, según el momento, vea ángeles o demonios o tal vez ambos… ¿Es posible que haya luz sin que exista oscuridad?

La palabra ilusión hace referencia a un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugerido por la imaginación o causado por el engaño de los sentidos. Si vamos más allá y nos fijamos en su etimología, ilusión deriva del verbo latino illudo “divertirse”, “recrearse”, pero también “burlarse”, “engañar”.

Este verbo estaba formado por el prefijo in- y el verbo ludo y, precisamente, de ludo se derivó una amplia familia de palabras en la que se incluye lúdico “relativo al juego” o eludir “escapar jugando”, entre otras. Me parece importante afrontar los riesgos, lo inesperado, lo incierto y modificar su desarrollo en virtud de las informaciones adquiridas en el camino. Para mí, es necesario aprender a navegar en ese “océano de incertidumbres”.

Escher nos propone una reflexión, un “juego de ilusiones” que, personalmente, lo relaciono con la situación actual, no sólo del mundo sino también en el ámbito de la formación-educación vial. El mercado nos impulsa al cambio y depende de nosotros elegir transformarnos o no. Y decidir transformarnos significa estar dispuestos a soltar hábitos antiguos y, sobre todo, aprender a aprender nuevas formas de hacer lo mismo. Y, como bien decía Sócrates (siglo V a.C.) “aquel que quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a sí mismo”.

En el fondo es indiferente lo que veamos, lo que importa es ¿cuáles son las sensaciones que tenemos al verlos? ¿Qué implican estas sensaciones en mi vida? ¿Cuáles son las consecuencias de la vivencia de esa sensación? Los hechos son los que son, lo importante es cómo los interpretamos, cómo nos afectan o incluso cómo pueden llegar a cambiarnos. Cuestiones, todas ellas, que llevan a plantearme nuestra propia capacidad de resiliencia*. Personalmente, la palabra resiliencia me reconcilia con el proceso de adaptarme al nuevo paradigma. ¿Estamos siendo suficientemente resilientes en este nuevo contexto?


Se suele decir que el futuro genera incertidumbre. Y esto es así porque no sabemos cómo será el mundo que verán las próximas generaciones, ni siquiera qué nos ocurrirá mañana, sobre todo en los momentos actuales de cambio de paradigma económico mundial y concretamente en España con el nuevo cambio de Gobierno.
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