El tráfico es sin duda la situación de interacción social donde posiblemente se producen mayor número de conductas agresivas, algo por cierto que no se puede calificar como un fenómeno nuevo. Recordemos que según la tragedia griega de Sófocles, hace 2.500 años, Edipo ya mató a su padre en una discusión de tráfico, por un simple problema de prioridad de paso en un cruce de caminos.
Desde hace muchos años se sabe que la agresividad en el tráfico está originada, en buena medida, por lo que ocurre en el seno de la propia sociedad. Vivimos en un mundo bastante complejo, donde la agresividad está muy presente, potenciada por factores como la despersonalización, las situaciones estresantes, la competitividad, las propias frustraciones, las prisas, el ruido ambiental, la falta de espacio o las múltiples presiones a que se ven sometidos los conductores.
Aunque los motivos que dan origen a la violencia en el tráfico son muy complejos, existen varias razones que explican esa importante transformación agresiva, -de la que tanto se habla-, y que experimentan algunos conductores, cuando suben a su vehículo. En primer lugar es necesario tener en cuenta que cuando se maneja un vehículo, aunque no seamos conscientes, en el interior de nuestro organismo se produce una fuerte convulsión en muchos mecanismos psicofisiológicos. Este cambio es muy útil para potenciar la capacidad de reacción que necesitamos conduciendo, pero también es un disparador de la violencia. A ello además se le une la impunidad con que quedan la mayor parte de las acciones violentas, el anonimato que tenemos dentro del casco o del habitáculo del coche, y la posibilidad de huida que permiten los vehículos, tras la realización de una conducta violenta.
A todo ello se añade, además, el hecho de que los vehículos son considerados por la mayor parte de los conductores, como uno de los más preciados y valiosos territorios privados, por lo que cualquier amenaza o maniobra que pueda significar dañarlos,
es considerada como grave y se responde con
violencia.
Por otra parte sabemos que el grado de reacción violenta de los conductores está influida por múltiples factores. Curiosamente la mayor parte de ellos tiene mucho que ver con los estereotipos y los prejuicios sociales que, lógicamente, se trasladan con bastante facilidad al ámbito del tráfico. Algunas de las circunstancias más comunes que determinan el grado de reacción violenta son las siguientes:
La edad-sexo: generalmente se responde de manera más agresiva ante las mujeres, los conductores más jóvenes y los más viejos; la raza y aspecto externo: en general se reacciona peor ante las personas que no son de nuestra misma raza y ante aquellos que tienen un aspecto físico y vestimenta que no entra dentro de nuestros cánones.
El tipo de vehículo: la respuesta agresiva es mayor ante colectivos como los taxistas, los que conducen un coche viejo o ante determinadas matrículas.
El estado del conductor: si se está bajo los efectos del estrés, se tiene prisa, se ha bebido alcohol, etc., se suele reaccionar con mayor grado de violencia.
La interpretación de la conducta del “agresor”: no es igual pensar que un coche se nos acercó demasiado por intentar esquivar a un niño, que echarse encima para “quitarnos” una plaza de aparcamiento.
El ir acompañado o no, según el caso, también puede potenciar o disminuir la respuesta violenta.
El tipo de disculpas del agresor tras la realización de una determinada acción modela también la magnitud de la respuesta violenta.
Según numerosos estudios la agresividad en la conducción -entendiendo ésta de una manera muy amplia- se encuentra implicada, directa o indirectamente, entre un 15 y un 30 por 100 de los accidentes que se producen, siendo un problema que lamentablemente va en aumento. Quizá por ello la NHTSA de USA (equivalente a nuestra Dirección General de Tráfico) ha afirmado que “...la agresividad en la conducción amenaza con ser uno de los principales problemas de seguridad en relación con la población motorizada del siglo XXI”. Lamentablemente conducimos como vivimos y es evidente que la agresividad forma parte inseparable de nuestro sistema de vida.”