Editorial
Última actualización 04/02/2010@13:16:44 GMT+1
Ahora que empiezan los nuevos propósitos, las nuevas iniciativas y los nuevos deseos, querría que me acompañarais un año más en nuestros propósitos para el bienestar de la convivencia vial diaria.
Recientemente asistí en Bruselas a una jornada informativa organizada por el ETSC (Consejo Europeo para la Seguridad en el Transporte), donde se señalaban las diferentes experiencias europeas. Lo primero es felicitarnos ya que España se sitúa entre los países con mayor reducción de víctimas. De hecho, en 2001 España tenía 136 muertos por millón de habitantes, mientras que en 2008 esa cifra se ha reducido hasta 68. En este mismo periodo, hemos reducido en un 44 por 100 el número de muertos en carretera. Sin duda, ése es un buen dato. Ahora Europa apunta más alto y el objetivo es reducir, de cara al 2020, en un 40 por 100 la cifra de fallecidos.
Algunos de los temas hacia donde se van a seguir dirigiendo las actuaciones son la formación y la educación vial, no sólo de los jóvenes, sino de los diferentes usuarios de la vía: viajero, conductor y peatón, insistiendo, principalmente, en los niños.
Siempre me surge una reflexión cuando viajo fuera de España, sobre todo a Alemania, y comparo la diferencia existente entre nuestro sistema de formación y el suyo. Aún no tengo una respuesta. Pero lo que sí observo y contrasto con mis múltiples conversaciones con muchos profesores de formación vial es que hay un denominador común: los alumnos acuden a las autoescuelas con déficit de cultura en Seguridad Vial, unido a los malos hábitos adquiridos de la mera observación de su entorno, hábitos de los que les cuesta desprenderse. Para mí, el paso por la autoescuela es una oportunidad de aprendizaje vial, que dado el sistema actual donde no existe un ciclo de asistencia obligatorio (como existe en Alemania), no se está aprovechando. Lo que me lleva a preguntarme, ¿qué tipo de mensaje estamos dando a los conductores del futuro?
Personalmente, considero que lo que define el estudio y la formación que recibirá el alumno está directamente relacionado con el tipo de examen al que se ha de enfrentar. Con relación a esto quisiera exponer algo que ya hemos tratado anteriormente en las páginas de Travesía. Me refiero a la Matriz GDE (Objetivos de la Formación de Conductores), modelo en el que se basa la educación y la formación de los conductores en los países nórdicos, desde el año 2000, y que también están acogiendo otros países de Europa. El objetivo de este modelo es garantizar que los conductores adquieran los conocimientos y habilidades necesarias para conducir de modo preventivo, seguro y eficiente. La matriz (desarrollada extensamente en el número 10 de Travesía) propone dominar ciertas situaciones del tráfico como, por ejemplo, que seamos conscientes de las tendencias arriesgadas y peligrosas personales, qué tipo de presión nos generan los propios compañeros del grupo, el contexto que existe en la conducción…
En este sentido, para poder cambiar los resultados de nuestras propias acciones es importante comenzar por transformarnos nosotros mismos. A partir de ahí, el siguiente paso sería el de implantar un sistema de educación que permita al alumno comprender la magnitud de lo que significa la conducción desde un enfoque sistémico. ¿Se puede decir que el sistema actual va en esa dirección?